La dimensión onírica del chocolate

Octubre 23, 2007 on 12:38 pm |

Escrito por José Juan Garza

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Arquitecto: Michel Rojkind (Rojkind Arquitectos)
Obra: Museo del Chocolate Nestlé, Toluca, Edo. de México

Arquitectura onírica, arquitectura de ensueño, esa es la tendencia a la que nos inclinamos hoy en día pensando en el “deber” y la necesidad perpetua de alcanzar la vanguardia, el afamado siguiente nivel. Esta tendencia se ha logrado a través del posmodernismo, luego a través del deconstructivismo y un revival funcionalista, sobre los cuales la mayoría de los arquitectos dirigen sus diseños en todo el mundo.

            

El Museo del Chocolate Nestlé, proyectado por Rojkind Arquitectos es, precisamente, una de las más recientes piezas de la arquitectura contemporánea –de perfil deconstructivista- aunque ha causado polémica. Este edificio se presenta elevado sobre el jardín, incluye un área de recepción y un teatro introductorio para los visitantes. Existe un túnel que se dirige hacia las zonas de producción en el interior de la fábrica y, al final del recorrido, hacia la tienda de chocolates y productos afines. En un intento fatuo por propiciar una arquitectura “al límite” llena de quiebres y elementos sorpresivos, Rojkind geometriza un gusano y lo viste de rojo, lo que aparentemente se piensa que hace gran gala de un alarde tanto proyectual como constructivo, pero finalmente aparece como un elemento fuera del contexto donde fue emplazado; sin embargo, la finalidad del proyecto se encuentra en una dimensión diferente, si observamos, Rojkind trata de crear una realidad diferente, como un portal a un mundo de ensueño donde se conozca empíricamente el recorrido que hace el chocolate, desde su producción hasta su venta. Por lo anterior, aún cuando este edificio se erige con un concepto y patrones fuera de las condiciones del sitio, el hecho de intentar crear una interfase con un mundo temático ya es válido teóricamente.

         

Es notorio que la arquitectura que profesa Rojkind se basa en el uso de elementos sugestivos con su génesis en el mundo 3D virtual y con metodologías de diseño que, mucho o poco, tienen que ver con la verdadera deconstrucción; siendo honesto, Rojkind es un arquitecto de impacto, de imagen, observa el mundo con ojos diametralmente diferentes. En conclusión, la arquitectura que no tiene un apego a la tierra donde es construida y bajo preceptos sólidos que la hagan funcionar armónicamente está condenada a desmoronarse y desaparecer en el olvido. El museo del chocolate tiene premisas muy buenas, pero una ejecución inaceptable, ya que se convierte en una escultura a escala urbana o peor, un llavero tamaño gigante, que puede ser colocado a placer en cualquier lugar y mantiene la esencia por la que fue creada.

Ohh Dios mío… ¿qué he hecho?

Octubre 16, 2007 on 7:00 pm |

Escrito por Óscar Enríquez

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Escrito por Óscar Enríquez.

“Haré lo que mejor sé hacer, y si eso no es suficientemente bueno para colocarlo en el mercado pues niégalo” . Esta frase, dicha por Frank O. Gehry probablemente en una de sus múltiples conversaciones con el director cinematográfico Sydney Pollack, engloba perfectamente la teoría de éste al que no me atrevo a llamar arquitecto, (desde una perspectiva académica o educativa en la que la manipulación de los espacios debe estar justificada por una serie de elementos que hemos venido heredando desde el surgimiento de la arquitectura moderna) pero al que si me atrevo a llamar artista (desde una visual no contaminada por las numerosas reglas de nuestra profesión). Y es que el sólo ver imágenes de esta plástica de edificios a la “Tim Burton” es toda una experiencia de referencia inocente aquella en la que la materia esta constantemente en estado de transformación expandiendo los sentidos por medio del desconocimiento o la negación de los paradigmas educativos de una sociedad, esta forma de vida se resume en el Guggenheim en Bilbao España el cual fue proyectado desde un rol poco educativo y muy emocional, en el que el diseñador hacia lo que sentía en cada trazo sin miedo a nada. El Museo Guggenheim se desplanta en un terreno de 32 mil 500 m2 al lado del rió Nervion y dialoga con su vecino el Puente de la Salve, el cual cumple la tarea de ser una de los principales accesos a la ciudad de Bilbao. La geometría (que en este caso lo es todo) se compone de una intensa y contrastante relación entre volúmenes ortogonales cuyo revestimiento es expuesto en cantera, y otros orgánicos forrados en titanio. El vestíbulo resulta el área mas importante, pues no sólo interconecta las áreas de exposición, sino que se desenvuelve como la pieza más sincera de la obra al exponer internamente la plástica retorcida del exterior sin caer en lo escenografito. En cambio, las galerías se viven como sistemas funcionalistas para el óptimo manejo de las figuras artísticas, absteniendo al espectador de vivir esa locura que se vio previamente en la plaza publica.

Se dicen muchas cosas sobre el proceso creativo del Guggenheim, lo cual resulta muy interesante ya que el edificio es un motor interpretativo en las personas. Y es que mientras para los ciudadanos de Bilbao el producto no es más que un buque que navega románticamente por el rió, para algunos artistas –como Richard Serra o Claes Oldenburg– se trata de una escultura urbana que espera albergar otras esculturas en su interior generando lo que se podría llamar como macrocosmos y microcosmos, situación que a mi manera de ver refleja el modo en la que están hechos los elementos naturales que habitamos, (es decir) todo lo que muta en el universo contiene algo en su interior que necesariamente es referente al elemento que lo alberga para poder desarrollar su existencia, (siempre encontraremos mundos dentro de otros mundos), mientras que para Juan Ignacio Vidarte (actual director el museo) se trata de un “objeto que llegó del espacio exterior pero hace miles de años”. Para mí es una bailarina de ballet que se comienza tímida una rutina soltandose poco a poco hasta el clímax (el vestíbulo) de una pieza musical; para Frank no es más que el sentimiento expuesto a través del movimiento, y es así como lo diseñó totalmente libre de cualquier miedo al fracaso, sin preocuparse por los retos estructurales venideros, regalándonos una verdadera joya de la arquitectura contemporánea.

Gehry logro liberarse de las “limitantes” de la arquitectura esas que dicen molestarlo tanto, y es el gran merito que obtiene al diseñar el Bilbao sin embargo es esto lo que también parece haber matado su creatividad pues obtuvo un nuevo enemigo (el mismo) , como narra en el documental Bocetos de Frank Gehry donde afirma que no tenía muchas expectativas del proyecto y es justo después ver el “boom” que causó el edificio en los medios publicitarios que lanza una pregunta en pro de su sabiduría al viento, “Ohh Dios mío… ¿Qué he hecho?” Hoy entiendo su pregunta, pues a causa del Bilbao, Gehry se ha dedicado a autocopiarse como si se le hubiese agotado la creatividad carente de una evolución y sin nuevos planteamientos. Probablemente sea todo lo que nos pueda dar, aunque sigo teniendo esperanzas de que un día nos vuelva a sorprender cancelando su “trademark” y nos deje de testamento la seriedad de la innovación y no la innovación seriada.

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