Pétalos y otras historias incómodas

Abril 5, 2008 on 6:12 pm |

Escrito por Andrei Vásquez

| En General |

Guadalupe Nettel
Editorial Anagrama, 2008

¿Por qué es incómodo observar las compulsiones de otros?, ¿de dónde proviene la perturbación que nos provoca mirar a alguien en complicidad con su manía? Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) tiene la habilidad de hacernos saborear las ansiedades de sus personajes sin despegar al ojo de sus letras. En Bezoar, por ejemplo, leo: “Esa mañana descubrí también la anatomía de un pelo (…) existe una parte oculta y babosa que conforma la raíz (…) Lo primero que se me ocurrió fue meterme el bulbo a la boca y engullirlo”, y se convierte casi en una necesidad física continuar leyendo. En el epígrafe de ese cuento se habla sobre un antídoto contra la melancolía, hallado en el estómago de cierta cabra de la India que devora su propio pelo. Nuestras compulsiones, entonces, nuestras manías, casi siempre arrastradas desde la infancia, son nuestros umbrales hacia la paz personal, nuestro escondite. Todos los personajes de Pétalos son atacados por esta imposibilidad de tranquilidad, por esta ansiedad interminable; quizá lo incómodo de observarlos sea reconocer esa necesidad en nosotros, ese secreto, esa parte oculta y babosa en la raíz que devoramos tanto como aquellos, ese escondite que callamos.

En todo caso, en sus cuentos, atinadamente preocupada por ocultar el fondo que por experimentar en la forma, Nettel nos muestra un catálogo actualizado de voces excéntricas en una búsqueda ansiosa. Las situaciones, aunque peculiares, quedan aplastadas por la sensación que deja al final el cuento en el lector. El gran acierto en la forma es la claridad y la frescura con la que narran sus personajes, que esconden con sutileza la complejidad de su personalidad y la distorsión en su interior. Cada personaje padece una escala de valores singular, aparenta un universo paralelo caminando en nuestro escenario cotidiano.

El misterioso desánimo dentro de un fotógrafo de párpados, la perspicacia de una voyeurista contenida, la revelación en una quinceañera respecto a la imposibilidad de la verdadera soledad, un hombre con olfato impecable inmerso en una desesperante búsqueda de excusado a excusado y los arrebatos en el diario de una modelo pelirroja adicta a su pelo, son la enumeración de los pétalos de este libro, una flor cuyo aroma repelente provoca el olfateo incesante. El cuento Bonsái -los cuestionamientos de un oficinista japonés detonados por la constante visita a un jardín y su identificación con el cactus- es, para mi gusto, el mejor trabajado de todos, el tallo que sostiene a la flor. Una flor para masticarse con calma, aunque alguien nos vea, para saborear el dejo después de tragarla.

No por nada ganador del Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2007, este libro puede convertirse en un referente de la narrativa mexicana que entra al siglo XXI.

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