La imaginación es memoria

Julio 8, 2008 on 4:16 am |

Escrito por Andrei Vásquez

| En General |

Vidas Perpendiculares
Álvaro Enrigue
Anagrama, 2008

Llevada a un extremo metafísico, me atrevo a decir, esta novela es un cuestionamiento fantástico sobre la certeza de la memoria. Si nuestros actos son una consecuencia de lo que hemos vivido, ¿qué pasa si nuestra memoria es en realidad una ficción? La memoria tan frágil, nosotros tan inventivos y nuestros actos tan inexplicables. De esta manera, Jerónimo Rodríguez Loera, el protagonista central de la novela, puede ser un fenómeno que recuerda sus reencarnaciones anteriores, como también puede ser una máquina mitómana parricida. En ese contraste drástico está la genialidad del personaje.

Jerónimo nace en 1936 en Lagos de Moreno, Jalisco, sospechosamente producto del matrimonio entre don Eusebio, un empresario español, y Mercedes, hija de buena familia conservadora de provincia. Por su actitud callada e introspectiva, Jerónimo es tachado de retrasado mental y su papel de primogénito se degrada poco menos que al de un empleado incómodo de don Eusebio. Es en esta infancia marginal, en medio del desdén familiar, que Jerónimo comienza a recordar sus vidas pasadas. Su muerte en la Germania latinizada, mientras lima puntas de lanza. El sexo salvaje que sostiene con una de las madres de su tribu, de cueva en cueva, antes de la Historia. El amor imposible que contiene por la amante de Francisco de Quevedo en una Nápoles escatológica. O su matrimonio arreglado en las tierras que Jesús acaba de pisar.

Al morir don Eusebio, el resto de la familia viaja a la ciudad de México. Allí, mientras Jerónimo y su hermano lidian con la crueldad de la pubertad chilanga, Mercedes tiene sus encuentros clandestinos con el amor de su vida: Octavio, el padre biológico de nuestro personaje. La abuela se entera de esos encuentros y va por los púberes para salvarlos del pecado. Miguel regresa a Jalisco y Jerónimo es enviado a Filadelfia a un internado católico. Es allí donde lee todos los libros que es capaz de devorar y aprende, o recuerda, todos los idiomas posibles. Es también en esta ciudad en donde se convierte en escritor: comienza a acomodar sus recuerdos de reencarnaciones pasadas y a reflexionar en torno a ellas: una incesante búsqueda por el olor de una fruta extinta: una constante lucha frente al obstáculo, siempre, en todas las vidas: su padre. A los 19 años y tras la muerte prematura de su madre, Jerónimo vuelve a México a resolver el futuro de él y de su hermano menor. Es recibido por Octavio y su esposa Tita, cuyo olor es idéntico al de una fruta olvidada. ¿Les tengo que contar lo demás?

En alguna entrevista, Álvaro Enrigue (Ciudad de México, 1969) ha dicho que siempre se escribe el mismo libro. Aun cuando es distinta la situación, el momento histórico, el sexo, la cosmogonía o la personalidad, la entidad de Jerónimo vive siempre la misma vida. Todas sus encarnaciones convergen siempre en el mismo duelo. (El título, Vidas Perpendiculares, no es gratuito).

Si bien al inicio de la novela el narrador parece lejano y demasiado campechano, a lo largo de las páginas se solidifica y es precisamente ese tono la clave para que cierre la obra. Son, pues, los apuntes de un veinteañero lúcido y caliente, la conclusión y fuente de todo. Este riesgo que toma Enrigue para narrar distintas épocas y personajes desde la misma voz y en un espacio corto, salvo en algunos brincos abruptos, lo libra con sutileza y armonía. De allí se derivan los mejores episodios, ensambles compactos que le exigen al lector no perderse y disfrutar del vértigo entre el pasado contundente y el presente difuso. La fuerza de algunos pasajes, como el del cazamonjes napolitano o la griega filocabras, rebasan la injerencia que tienen sobre el relato principal. Sin embargo, esta misma distribución de intensidad le resta impacto al ofuscamiento que padece Jerónimo hacia el final.

Tal como Álvaro Enrigue, este reseñista tampoco cree en la reencarnación. Aún así, al terminar de leer Vidas Perpendiculares, la realidad se hundió en el mar de la especulación. A final de cuentas, como dice Sergio Pitol, todos los tiempos son en el fondo un tiempo único.

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